domingo 8 de noviembre de 2009

Piropos



En el piso de abajo vive un soltero de unos cuarenta años (que no me atrae ni un poquitito "así", aclaro).
En medio de mi crisis de los meses pasados, varias veces me lo crucé en el supermercado de la esquina mientras yo paseaba mi depresiva humanidad enfundada en calzas desteñidas y pelo recogido con mínimo esmero. Así y todo, cada vez que nos encontrábamos frente a la góndola de los productos de limpieza, me saludaba muy sonriente.

En una oportunidad, el encuentro se produjo en el sector de fiambrería:

- ¿Qué vas a cocinar hoy? - me preguntó rompiendo el hielo.

- Hmm - dudé- tenía pensado hacer una pizza pero la panadería de al lado debe estar cerrando y no voy a llegar a comprar la masa. Supongo que tendré que improvisar algo con el queso.

Se rió y fue hacia la caja para pagar sus compras. A los dos minutos, mientras yo hacía la fila para abonar lo mío, lo vi entrar, agitado:

- Apurate - me dijo -, le dije a la panadera que te espere y que te vaya envolviendo una prepizza.


Me sorprendió tanta amabilidad, pero supuse que era normal entre buenos vecinos.


El jueves amanecí con un excesivo buen humor. No sé si por causa de ese veranito anticipado o porque de a ratos la felicidad se convierte en mi mejor amiga pero tuve ganas de arreglarme un poco más que lo usual. Pelo extremadamente lacio, ropa clara y una sonrisa indeleble. Así salí.
Al abrir la puerta de calle me encontré con mi vecino que, sorprendido de verme fuera del atuendo de jogging y remera tres talles más grandes, exclamó:

- Uopa, uopa...¡pero qué mona!

Dije un tímido gracias frente a la curiosidad de Elvira, la portera, que con un ojo vigilaba el balde y con el otro registraba la escena.

Mi vecino dio dos pasos y volvió:

- En serio - pausa- que estás muy linda.


Caminé a la estación pensando en lo bien que nos hacen los elogios. Esa pequeña palabrita que puede modificarnos el ánimo, acariciar nuestra autoestima, recordarnos que el esfuerzo - mucho o poco - valió la pena.
En mi caso, el esfuerzo significó atravesar nueve meses de abandono, de desinterés total hacia ese mundo que latía del otro lado de mis paredes llenas de angustia y desilusión.

El pequeño piropo matutino fue una bienvenida a ese lugar del que me había alejado. Fue volver a conectarme con mi parte perdida, aquella que todavía puede conquistar un halago e irradiar un poquito de esa luz que sigue encendida en mi interior.

Aún cuando todo parezca estar en la más negra oscuridad.

domingo 1 de noviembre de 2009

Entre pinzas y ruleros



Hace poco conté que además de mi trabajo de lunes a viernes (con el que estoy completamente feliz), había conseguido uno para los fines de semana como encargada de una peluquería. Si bien no me apasionaba la idea (¿a quién podría apasionarle estar detrás de la caja cobrando brushings y tinturas?), me servía para hacer unos pesos extras.

Así que dediqué cinco horas de un martes a la "capacitación" en la que la encargada de turno me mostró donde se guardaba el shampoo, me explicó los atributos de las distintas ampollas capilares y me presentó al personal.

El sábado siguiente, a las 9 de la mañana y bajo un sol enorme, me ubiqué en mi nuevo puesto de trabajo.
En las doce horas de jornada (sí, doce), vi pasar todo tipo de especímenes por el salón y presencié los siguientes diálogos:


peluquera1: ¿Se va a lavar, señora?

señora de barrio, desaliñada: No, ya me lo lavé el lunes.



depiladora: ¿Qué te vas a hacer?

hombre de unos 30 años (metrosexual): Depilación completa.



Me pasé el día contemplando la escena de una interminable película clase B. Hombres que pedían servicio de manicuría, la quinceañera reclamando que le echaran spray con brillitos por todo el pelo, las tres amigas que cayeron a último momento para que les plancharan el pelo antes de irse a bailar a la matineé.

Entre medio, serví café a los que esperaban para ser atendidos, barrí pelos de todos los colores para que no se amontonaran a los pies de la gente, cobré, tomé turnos, expliqué las bondades de un shampoo carísimo y comí un sandwich sentada en la escalera en los cinco minutos que tuve disponibles.

Al llegar la noche, mientras agarraba mis cosas para irme a casa, dormir y volver al día siguiente, reclamé la plata de la jornada.


- Ah, esperá que consulto con la dueña- me respondió la encargada "oficial" mientras la llamaba por el handy.

Pero la dueña quiso hablar conmigo.

dueña: Mirá, esta jornada de hoy era de capacitación, así que no corresponde que te pague nada.

blonda: ¿¿¿ Queeeeeé???

dueña: Recién el fin de semana que viene vas a tener el conocimiento general del negocio como para que deba hacerse efectivo el pago.

blonda: Ajá, ¿vos me querés decir que las cinco horas del martes, más las doce de hoy, son una contribución que yo debo hacer para la fundación de ruleros que vos manejás?

dueña: No, no, creo que es lo justo.

blonda: Mirá, querida, acá lo único justo es que al trabajador se le pague por su trabajo. Creo que teniendo tres peluquerías deberías saberlo bien. Además, hablamos miles de veces por teléfono para acordar el pago, así que, en todo caso, bien podrías haberme dicho que debía regalarte un sábado de sol y yo tenía la opción de decidir si aceptar o no.

dueña: Bueno, si querés te pago la mitad.

blonda: ¿Por qué debería aceptar que me pagues la mitad si yo trabajé un día entero?

dueña: ...

blonda: Hagamos una cosa, pagame lo que me corresponde o andá llamando a la policía para que me saquen de este "sucucho"por la fuerza.


A los cinco minutos, la encargada me estaba pagando lo que me correspondía más la comisión por haber vendido dos productos para cabellos teñidos.

La encargada me abrió la puerta, me sonrió y me dijo: Hasta mañana.


Pero jamás volví.



martes 27 de octubre de 2009

Bocanada de amor


Son épocas. Momentos en que uno se sienta a contemplar lo que dejó el vendaval y se entretiene juntando las partes de ese todo que supimos ser.
Y de pronto nos vemos modificados, frente a ese espejo imaginario que nos regala el paso del tiempo y en el que nos obliga a mirarnos de vez en cuando para que podamos maquillarnos las ganas y retocar los errores.


Otra vez volvió el apetito, el deseo irremediable de enamorarme, de abandonar la entrañable soledad que me acurrucó en el invierno y de la que me hice tan amiga que me cuesta abadonarla.

Ando necesitando esos abrazos que trituran los huesos y las penas de la jornada con igual intensidad, que devuelven la sonrisa perdida en un vagón de subte, que sacuden el cansancio de los lunes.


Estuve planchando las viejas arrugas del corazón y mintiéndole al óido, prometiéndole que el próximo que llegara se ocuparía de regarle las arterias para que nunca más tuviera que pasar por la sala de terapia intensiva. Le dije, además, que volvería a latir lleno de asombro frente a un ramo de jazmines, un par de velas encendidas o un beso robado bajo el sol de verano.

No sabe si creerme. Supongo que a esta altura entiende que no puedo garantizarle cuidados de un tercero y que a veces con mi sola voluntad no alcanza.

Calculo que apenas lo vea llegar cambiará de idea, se volverá confiado y vulnerable, como siempre, y que rezará cuando yo no lo vea, pidiéndole a su propio Dios que aquél que vino quiera quedarse, que yo no lo eche, que nadie se canse.


Deben ser los primeros acordes del verano los que me provocan esta sensación de andar extrañando ese ascensor que sube y baja por el estómago ante la mera presencia de alguien amado.
Tal vez sea la calma de mi propio mar, antes revuelto, la que me permite mirar otra vez más allá de mis pupilas empañadas.
Quizás sólo se trate de unas ganas locas de lanzarme por ese tobogán de sensaciones que sólo genera el amor.

Hoy extraño ese mordizco en el aire plagado de magia , esa bocanada de amor que colma el espíritu y llena los pulmones de esperanza .

Hoy añoro esa presencia de alguien que aún no conozco, pero que sin embargo me suena tan familiar...

jueves 22 de octubre de 2009

Ocupas de la felicidad ajena



El ocupa de felicidades ajenas es un microbio con forma de ser humano que busca apoderarse de los umbrales para ir ganando territorio en el interior de nuestro mundo de cuatro paredes sin vista al mar.
Son seres que pueden esconderse en nuestro círculo cercano, en nuestra propia familia o detrás de un monitor. Seres anónimos o con DNI que, cansados de su propio fracaso, buscan inmiscuirse en nuestra zona para despilfarrar el resentimiento que llevan dentro.

Si atravesamos una mala época, se regocijan y muestran los dientes en una amplia sonrisa.
Si logramos asomar la cabeza otra vez, encuentran un motivo para intentar derribar nuestra pequeña conquista.

Personas de sangre verde, teñida de ira, que buscan atentar contra cualquiera con la simple intención de menguar su propio descontento.
Amebas. Escoria contaminante de nuestras alegrías. Sicarios verbales que creen que con sus palabras pueden degradarnos y volvernos vulnerables.


Ocupas de vidas ajenas que prefieren apoyar su frente en la ventana del vecino en lugar de contemplar sus propias miserias.
Críticos de estirpe, incapaces de tolerar un juicio sobre su propio comportamiento, pero portadores de un dedo acusador con el que condenan de igual forma nuestro éxito y nuestro fracaso.

Parásitos atestados de rencor. Caldo de cultivo para sus propios desechos que se multiplicarán por millones y se irán colando por debajo de la puerta de sus vecinos.
Obreros de la maldad que caminan con un soplete en la mano en busca del momento oportuno para quemar nuestra piel.


Ocupas.
Gente sin propósitos, privados de la capacidad de ver en el otro a alguien que no es necesariamente un blanco para sus dardos llenos de veneno.
Agricultores de huertas ajenas, cansados de contemplar el desierto que los rodea...



Por suerte, también existe mucha gente de la buena, como el querido Etienne, quien en su fugaz paso por Buenos Aires se tomó un taxi desde al aeropuerto hasta mi oficina para que pudiéramos conocernos en ese tiempito entre las conexiones de los vuelos.
¡Gracias Etienne y hasta la próxima! =)

sábado 17 de octubre de 2009

Crónicas de oficina



La imagen que elegí no es exagerada. Si alguien hubiera inventado un inodoro portátil para oficinistas sin tiempo que perder hubiera sido un éxito, y yo la primera en comprar uno.

Tengo horario de ingreso, pero no de egreso. El horario de almuerzo no existe y lo máximo que pruebo es una taza de café, casi fría.

¿Si me quejo? No, para nada.
Soy feliz. Adoro mi trabajo, a mi jefe y a mis dos compañeros.

Mi jefe ( a quien paso a llamar J) es una persona sumamente obsesiva, despistada y desorganizada. En consecuencia, yo hago casi todo por él, hasta recordarle que compre una exprimidora o que vaya al dentista.
J vive acelerado y por ósmosis, yo también. Pero las corridas de estos quince días representaron que el lunes cayera a mi escritorio con un paquetito.

- Esto es para vos, porque estoy sumamente conforme con tu trabajo - me dijo.

Dentro de la bolsa naranja, un hermoso celular al que todavía no pude ponerle crédito pero que lo uso para musicalizar mis días.

Ya tuve la suerte, en algunos casos, de ver a personajes de la farándula o de hablar por teléfono con otros. Algunos amables, otros subidos a la cima de la fama desde la que no pueden mirar a alguien que no esté a su altura, algunos que llegaron en un estado mezcla de alcohol y estupefacientes en pleno mediodía...
Una variedad de lo más exótica que me hace pensar en lo ajeno que me resulta ese submundo de gente tibia y altiva.

Ya dije que estoy feliz. Lo repito.
Estoy contenta y agradecida. Hago lo que me gusta, con gente que valora mi trabajo, mis ideas y mis ganas.

Y hablando de ideas ya está en elaboración la nota para la revista, que será una mezcla de cine con viajes, dos cosas que particularmente me gustan.
Cuando esté publicada les paso el link para que puedan leerla en la web.


De paso aprovecho el post para pedir disculpas por no estar visitando los blogs, pero llego tarde, muerta de hambre y sueño en iguales proporciones. Cuando me acostumbre al nuevo ritmo, prometo ponerme al día.

Y gracias Willow por acordarte de mí al momento de recomendar a alguien para este trabajo. No hay un solo día en que no venga a mi mente un GRACIAS gigante, por devolverme la sonrisa.


Feliz día para mañana a todas las que son madres, a las que van camino a serlo y a las que aún no saben que lo son.





martes 6 de octubre de 2009

Maradona por un rato


Mucho antes de ser Maradona fue un pibe de barrio peloteando en un potrero con una sola cosa en su cabeza: jugar al fútbol.
En una cancha con arco improvisado, que se embarraba cuando llovía, Diego hacía lo que sabía y lo que lo gustaba.
Tal vez ese día de diciembre en que se probó en Cebollitas, allá por el año 70 ni siquiera se atrevió a imaginar que alguna vez las voces de un estadio corearían su nombre.
Pero siguió el rumbo que le marcaba su pasión y un día debutó en primera y fue el primer paso en la escalera a la gloria.


Maradona no había ido a la facultad para estudiar la técnica de la gambeta, ni como hacerle un gol inolvidable a los ingleses. Él se guió por su deseo y la devoción por la pelota. Y eso le bastó para seguir...hasta llegar.


Los que me conocen saben que existe una única pasión que late en mi cuerpo con más fuerza que el propio corazón. Podrán decir que no miento cuando digo que si no escribo me falta todo, que pierde sentido lo que veo, escucho y siento si no tengo un papel a mano donde contarlo.
Hace algunos meses decidí que quería tomarme el asunto un poco más en serio y me choqué con una triste realidad. No era fácil que alguien del medio dedicara tiempo a leer algo escrito desde la propia motivación si faltaba el título de periodista. A mi me faltaba. No soy periodista, yo sólo escribo porque me nace y porque no encuentro algo que defina mejor mi vocación.
Pero eso no alcanzaba, al menos para algunos.

Insistí, una y otra vez. Golpeé una puerta, dos y tres.
Y por fin hoy me abrieron.


Alguien detrás de un escritorio me dijo:

- Me encantó tu material, podés empezar a publicar tus notas para la edición de diciembre.

Esa persona era el editor de una revista a quien le envié lo que yo, sin ser periodista, escribo. Esa persona hoy me dio la oportunidad que esperaba, la de ver mis letras impresas en un papel brillante, con olor a tinta y rodeadas de fotos que yo misma elija. Mi nombre al costado de un texto que hable de esos lugares del mundo que quiero conocer y que llegará a las manos de gente con ganas de viajar a través de mis palabras.
Esa persona hoy me dio un motivo gigante para descorchar el champagne que hace casi dos años se enfría en la heladera a la espera de una razón que merezca un festejo.


Después de haber pasado largos meses de color gris, esta tarde la felicidad me chocó de frente y sin aviso.
Tengo el alma abierta a la mitad, desbordando de alegría. Mi mente está ocupada con una sola idea, la de agradecer infinitamente a Dios, a la vida, al destino o a quien haya sido el culpable de devolverme la alegría y de que, al menos por un rato, me sienta un poquito Maradona.






jueves 1 de octubre de 2009

La dulce espera


Hace nueve meses que me quedé sin trabajo.
Nueve lunas a las que vi desde la ventana del living sólo los días en que el humor me lo permitió.
Doscientos setenta días en los que muchas veces tuve ganas de rendirme y otros tantos en que me enojé conmigo por sentirme vencida.

Nueve meses que fueron gestando el embrión de mi nuevo yo:Una persona que quiere guardar en la memoria el recuerdo de cada momento en que me sentí avergonzada ante un mundo que no entendía que mi billetera estuviera vacía mientras usaba ropa de marca y botas de cuero, ni que por las noches soñara que comía chocolate y tomaba gaseosa como en los viejos tiempos.
Una persona que cambió las prioridades y que reubicó los afectos imprescindibles de su vida para también descartar los que sólo demostraron ser capaces de generar una enorme ausencia en un espacio necesitado de presencias.
Alguien con el espíritu renovado y la esperanza intacta, con la fe más ferviente que nunca, que cree en los milagros de la vida y en los pequeños/grandes gestos de la gente.


Una metamorfosis necesaria para transformar los brazos en remos y las lágrimas en energía.
Dulce ( y larga) espera, para dar a luz a una nueva oportunidad, que comenzó ayer, cuando por fin pude parir a esta nueva empleada en la que de pronto me convertí.

Gracias a que Willowcita se acordó de mí cuando se enteró que había una vacante en una empresa, hoy tengo trabajo.
Y además, no es un trabajo cualquiera. Es un trabajo en una agencia de Relaciones Públicas (¡oh, casualidad, lo que yo estudié!), en un lugar increíble y con gente genial.
¿Podía pedir algo más? Ah, sí sí, podía. Un segundo trabajo que conseguí como encargada de un salón de belleza para los días domingos y feriados.
¿ Y algo más? Sí, claro, que cuando llamé al banco para decirles que había pensado en vender el departamento para cancelar la hipoteca, aunque eso significara achicarme a un monoambiente, el oficial de Casa Matriz me respondiera: " Tranquila, que como fuiste empleada, tu caso ni siquiera pasó a legales. Apenas resuelvas qué hacer avisanos, que en todo caso vemos de refinanciar la deuda en cuotas súper accesibles."

Así que después de la mala racha con que empecé el 2009, y que fue el preludio de una seguidilla de desaciertos y de desconciertos, la rama se endereza lentamente para poder acercarse otra vez al sol.

Recuperé la dignidad que da el levantarse cada mañana para ir a trabajar y no me quejo ni del subte atestado de gente, ni del frío, ni de la suela gastada de mis zapatos.

Poco a poco, este año "para el olvido" se ira convirtiendo en la fotografía de un tiempo que siempre deberé recordar.
Y en el fondo terminaré agradeciendo este desafío del que pude aprender que siempre, mientras exista esperanza, se puede volver a empezar.




Gracias a todos los que me saludaron por mi cumpleaños y a los que siempre estuvieron del otro lado para contenerme y darme aliento.
Y a mis amigas DEL ALMA.
Con todos ustedes, y con ellas, hago un nuevo brindis virtual. ¡Salú!



Este es mi nuevo lugar de trabajo :)

viernes 25 de septiembre de 2009

36 deseos y un festejo


Treinta y seis años.
Treinta y seis velitas imaginarias que me permito soplar para pedir mis deseos:

1- Que pueda mantener mi capacidad de tolerar lo que a veces parece intolerable.
2- Que la flexibilidad para entender las acciones más hirientes de la gente me siga acompañando.
3- Que la vida me siga prestando las tijeras para cortar los hilos de las máscaras que muchos utilizan y así poder develar el verdadero rostro de algunas personas de sonrisa traicionera.
4- Que los amores que aparezcan prosperen y que, si no lo hacen, al menos no se roben lo que me queda de lágrimas y se conviertan en una grato recuerdo.
5- Que me sobren letras y me falten penas.
6- Que se hagan carne los remos de estos últimos meses y me permitan llegar siempre a la orilla.
7- Que encuentre la forma de agradecer el afecto y el apoyo incondicional de los amigos de siempre y de aquella gente sin rostro que supo darme aliento en los peores momentos.
8- Que pueda conservar la paz interior que logré alcanzar este último mes.
9- Que pueda descubrir la fórmula para prolongar los momentos de felicidad.
10-Que lo efímero se convierta en duradero, lo incierto en probable y lo idílico en realidad concreta.
11- Que los próximos meses puedan compensar la balanza del primer semestre.
12- Que lo aprendido me sirva para reescribir mi manual de uso personal.
13- Que el sexto sentido no me abandone.
14- Que las canas vayan acompañadas de madurez.
15- Que el mal trigo permanezca lejos de mi pequeño campito.
16- Que pueda erradicar los "por qué" que rondan la imagen de mi viejo.
17- Que encuentre la forma de decirle gracias a mi vieja.
18- Que asimile que los padres siempre serán imperfectos porque son humanos.
19- Que pueda digerir las desilusiones con un té de esperanza.
20- Que las heridas propias se hagan cáscara y dejen una pequeña marca que se llame experiencia.
21- Que siempre haya una voz necesitando mi oído y una mano dispuesta a darme una palmadita en el hombro.
22- Que al cerrar los ojos pueda evocar canciones y paisajes transitados.
23- Que nadie pueda robarme nunca la capacidad de creer que mañana puede ser mejor.
24- Que los afectos que me rodean no sean estacionales.
25- Que la frivolidad y la envidia me sean palabras ajenas.
26- Que mi espíritu sea siempre nómade y mis pies fieles a su tierra.
27- Que los atardeceres, las notas de un piano y los finales felices me sigan emocionando.
28- Que el futuro me devuelva la posibilidad de sonreír en medio de la rutina laboral.
29- Que de ser posible, el trabajo se convierta en pasión y la pasión en trabajo.
30- Que la lluvia me moje la cara pero no destiña mi alma.
31- Que pueda distinguir que aquello que a veces se asemeja al desierto no es más que el camino al oasis.
32- Que pueda prescindir de muchas cosas, pero jamás del amor.
33- Que deba negociar otras tantas, pero jamás la libertad.
34- Que siempre me acompañen un buen libro, una buena película y un amigo con quien comentarlos.
35- Que la imaginación nunca se quede en pausa, ni la voz muda.
36- Que pueda seguir aprendiendo de lo bueno, desechando lo malo y recordando lo vivido.


Soplo las velitas y hago un brindis a través del monitor con esos amigos que me regaló este blog.
Con ustedes comparto mis deseos y la profunda satisfacción de saber que de los peores momentos es posible levantarse. Aún cuando todo parezca estar en nuestra contra y debamos pelear contra los molinos de viento, siempre hay un motivo que nos impulsa a seguir sin perder la capacidad de sonreír.



Gracias a mis amigas de fierro - y del alma - que organizaron una cena para esta noche.
Por estar SIEMPRE y por tener la suerte de querernos TANTO.




martes 22 de septiembre de 2009

Con una flor en el ojal



Llegó la primavera.
Tiempo de ir despidiéndonos de los abrigos hasta el próximo año y de dejar al descubierto los hombros blancos y los cuerpos saturados de calorías acumuladas durante la época invernal.

Hora de soltarse el pelo y salir al encuentro de ese amor que prometió nacer en Octubre.
Parados en una esquina, deshojando una margarita, esperaremos que el romance se ocupe de reconocernos y que no le importe nuestra palidez ni los pies cansados de tanto transitar estaciones acumulando desengaños.

Cuando el reloj marque el final de nuestra tolerancia y una nueva hoja del almanaque pase veloz por nuestro costado, renovaremos la ilusión llegando enero y su sol de verano.
Culparemos al mar por no habernos regalado una compañía para la noches de calor y porque no podremos estrenar el vestido que compramos para arrancarle suspiros a ese desconocido que de tanto imaginar ya conocemos.

Cuántas primaveras y veranos pasamos enhebrando ilusiones y descosiendo fracasos.
Cuántos amores habrán quedado debajo de un jacarandá apenas florecido y se habrán congelado con la escarcha de julio sin que pudiéramos darnos cuenta.


Saltamos de querer en querer, dejando atrás una hilera de nombres con gusto a recuerdo, reemplazando al ideal por el posible, al infalible por el más humano.
Aprendemos a menguar la ansiedad y a convencernos de que todavía podemos enamorarnos.
Que no hay dos sin tres, ni veinte sin veintiuno. Que en algún lado está, preguntándose si demoraremos mucho en maquillarnos y salir a su encuentro, esperando en una esquina de la vida, con una flor en el ojal.


Ojalá sea en primavera.

miércoles 16 de septiembre de 2009

Cara de libro




Sigo sin entender al "cara de libro", feisbuc para los amigos.
Maldita creación para algunos, bendición para otros a los que les permitió reencontrarse con el amiguito de cuando era boy scout o descubrir que el ex novio está soltero otra vez y anda a la pesca.

Todo lo que se cruce por nuestra cabeza ya tiene un grupo creado al que uno puede adherirse como socio vitalicio con solo hacer un click: "Amamos caminar por la vereda de la sombra", "Nos gustan los petisos", "Mi celular se quedó sin batería" u "Odio tener que depilarme", son algunos de los millones de clanes a los que uno puede pertenecer.

Ni hablar de los que abusan de la función que nos regala el avance de la tecnología y que se la pasan actualizando el estado desde su celular para comentarnos el minuto a minuto de su vida al mejor estilo "Gran Hermano": "Mi jefe no llegó así que me voy a fumar un pucho", " Está por llover", "Me cayeron mal las milanesas", " Me voy corriendo al supermercado y de ahí a pilates".
Con una mano en el corazón, ¿a quién le importa lo que está haciendo una persona a la que tal vez solo conocemos por la foto que puso en el perfil? Ah, claro, es que son "amigos", porque parece que la amistad de feisbuc es una amistad distinta a la que estamos acostumbrados. Ser amigo en el cara de libro es poner un "me gusta" a cada cosa que el otro dijo o hizo y después salir a robarle contactos para sumar a los propios y tener más amigos que Roberto Carlos.

Pero si hay algo que me pone loca es ver la cantidad de tests ideados por cualquiera con veinte minutos de ocio en su vida, llenos de faltas de ortografía, que preguntan desde el color preferido hasta con qué arma serías capaz de matar a un delincuente, para entregar como resultado que tu vocación oculta es la Ingeniería Agrónoma.

Si alguien anda necesitando saber que opinan Susana Gimenez, Sócrates o Ernesto Sábato, no tienen más que fijarse en la aplicación correspondiente que ellos enseguida les dirán una frase oportuna para cada momento de la vida (?).

A la hora de saber el futuro, nada de ir a consultar a una tarotista o tirarse las runas. Para qué si existe feisbuc. Con solo abrir una empanada, una galletita de la fortuna o la bola adivinadora, nuestro porvenir quedará en evidencia ante nuestros ojos y el de todos los contactos que gustosos leerán: "Dejá de comer que se acerca el verano" o " Sólo te busca para usarte, gil".

¿Quieren saber que raza de perro serían, qué heroína de comic hubieran sido o qué parte de la vaca es la que mejor se identifica con ustedes? ¡Feisbuc!
¿Les interesa plantar naranjos y radichetas en una huerta, manejar un restaurante o alimentar y vestir a una mascota como el antiguo Tamagotchi? ¡Feisbuc!

Es lindo poder subir un video, una imagen que nos gusta y queremos compartirla o simplemente hablar con amigos, ¿pero hay necesidad de mandar setenta y dos mates virtuales, veinte bolas de nieve y cuarenta y tres daiquiris?

Antes, cuando conocíamos a alguien, le pedíamos el teléfono particular. Después fue el tiempo del ICQ y el celular hasta que llegó el Messenger y su fastidioso zumbido. Ahora la primera pregunta es ¿tenés feisbuc?, para salir corriendo a revisar las fotos subidas y curiosear quien le escribe en el muro y quien no.


Supongo que la privacidad, en los tiempos modernos, se habrá ido al arcón de los recuerdos junto con las cartas de puño y letra llenas de estampillas...