
En el piso de abajo vive un soltero de unos cuarenta años (que no me atrae ni un poquitito "así", aclaro).
En medio de mi crisis de los meses pasados, varias veces me lo crucé en el supermercado de la esquina mientras yo paseaba mi depresiva humanidad enfundada en calzas desteñidas y pelo recogido con mínimo esmero. Así y todo, cada vez que nos encontrábamos frente a la góndola de los productos de limpieza, me saludaba muy sonriente.
En una oportunidad, el encuentro se produjo en el sector de fiambrería:
- ¿Qué vas a cocinar hoy? - me preguntó rompiendo el hielo.
- Hmm - dudé- tenía pensado hacer una pizza pero la panadería de al lado debe estar cerrando y no voy a llegar a comprar la masa. Supongo que tendré que improvisar algo con el queso.
Se rió y fue hacia la caja para pagar sus compras. A los dos minutos, mientras yo hacía la fila para abonar lo mío, lo vi entrar, agitado:
- Apurate - me dijo -, le dije a la panadera que te espere y que te vaya envolviendo una prepizza.
Me sorprendió tanta amabilidad, pero supuse que era normal entre buenos vecinos.
El jueves amanecí con un excesivo buen humor. No sé si por causa de ese veranito anticipado o porque de a ratos la felicidad se convierte en mi mejor amiga pero tuve ganas de arreglarme un poco más que lo usual. Pelo extremadamente lacio, ropa clara y una sonrisa indeleble. Así salí.
Al abrir la puerta de calle me encontré con mi vecino que, sorprendido de verme fuera del atuendo de jogging y remera tres talles más grandes, exclamó:
- Uopa, uopa...¡pero qué mona!
Dije un tímido gracias frente a la curiosidad de Elvira, la portera, que con un ojo vigilaba el balde y con el otro registraba la escena.
Mi vecino dio dos pasos y volvió:
- En serio - pausa- que estás muy linda.
Caminé a la estación pensando en lo bien que nos hacen los elogios. Esa pequeña palabrita que puede modificarnos el ánimo, acariciar nuestra autoestima, recordarnos que el esfuerzo - mucho o poco - valió la pena.
En mi caso, el esfuerzo significó atravesar nueve meses de abandono, de desinterés total hacia ese mundo que latía del otro lado de mis paredes llenas de angustia y desilusión.
El pequeño piropo matutino fue una bienvenida a ese lugar del que me había alejado. Fue volver a conectarme con mi parte perdida, aquella que todavía puede conquistar un halago e irradiar un poquito de esa luz que sigue encendida en mi interior.
Aún cuando todo parezca estar en la más negra oscuridad.






















